Junio 20, 2024

Parroquia Nuestra Señora de la Buena Esperanza

Santuario San Sebastian de Panimavida

Eucaristía del Domingo 26 de Marzo de 2023

Domingo quinto de Cuaresma
Salterio I
Color: morado

INTRODUCCIÓN

Mientras avanza el tiempo cuaresmal, orientado hacia el Bautismo, se entra en el más íntimo significado del sacramento de la regeneración cristiana. Ya, antes de Cristo, el profeta Ezequiel había anunciado a los israelitas la promesa divina de hacerlos resurgir a la vida nueva, después de la amarga y dura prueba del exilio en Babilonia, donde habían sido llevados a causa de sus pecados, y donde se habían convencido de que habían sido abandonados por el Señor. 

La promesa divina se cumple de una manera definitiva en toda su riqueza con la redención realizada por Cristo. En el Bautismo, el don del Espíritu de Dios hace nacer a una vida nueva. El hombre que ha llegado a ser hijo del Padre celeste y heredero de una gloria que tendrá su última perfección al fin de los tiempos, con la resurrección del cuerpo. 

La resurrección de Lázaro es la más amplia narración de un milagro en toda la Biblia. La solemne declaración de Cristo: “Yo soy la Resurrección y la Vida, quien vive y cree en mí vivirá para siempre” es la clave de lectura de este dramático relato. No es solo la muerte del cuerpo, sino la del alma. Pero el pecado cede el paso al que cree en Cristo. 

El Evangelio de Cristo es un mensaje de vida, de toda la vida, de la vida eterna, y no hay nada que valga más para el hombre que la propia alma. 

La resurrección de Lázaro es el signo de la realización de la nueva creación y de la nueva alianza prometida en Ezequiel. La resurrección de Lázaro es anuncio de 

Mientras avanza el tiempo cuaresmal, orientado hacia el Bautismo, se entra en el más íntimo significado del sacramento de la regeneración cristiana. Ya, antes de Cristo, el profeta Ezequiel había anunciado a los israelitas la promesa divina de hacerlos resurgir a la vida nueva, después de la amarga y dura prueba del exilio en Babilonia, donde habían sido llevados a causa de sus pecados, y donde se habían convencido de que habían sido abandonados por el Señor. 

La promesa divina se cumple de una manera definitiva en toda su riqueza con la redención realizada por Cristo. En el Bautismo, el don del Espíritu de Dios hace nacer a una vida nueva. El hombre que ha llegado a ser hijo del Padre celeste y heredero de una gloria que tendrá su última perfección al fin de los tiempos, con la resurrección del cuerpo. 

La resurrección de Lázaro es la más amplia narración de un milagro en toda la Biblia. La solemne declaración de Cristo: “Yo soy la Resurrección y la Vida, quien vive y cree en mí vivirá para siempre” es la clave de lectura de este dramático relato. No es solo la muerte del cuerpo, sino la del alma. Pero el pecado cede el paso al que cree en Cristo. 

El Evangelio de Cristo es un mensaje de vida, de toda la vida, de la vida eterna, y no hay nada que valga más para el hombre que la propia alma. 

La resurrección de Lázaro es el signo de la realización de la nueva creación y de la nueva alianza prometida en Ezequiel. La resurrección de Lázaro es anuncio de la resurrección de Cristo, que es Señor de la muerte y la vida. La participación en el Bautismo, en su misterio pascual, es participación a la nueva creación en el Espíritu. La lectura pascual del Evangelio de hoy es profética y actual para nosotros, que místicamente renacemos en el Espíritu de Cristo y que estamos llamados a vivir según el Espíritu una existencia nueva, muertos al pecado y vivos para Dios.

Antífona de entrada             Cf. Sal 42, 1-2 

Hazme justicia, Señor, y defiende mi causa contra la gente sin piedad: líbrame del hombre falso y perverso, Señor, porque tú eres mi Dios, mi fortaleza. 

ORACIÓN COLECTA 

Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo. Por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. 

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán.

Lectura de la profecía de Ezequiel  37, 12-14

Así habla el Señor:

Yo voy a abrir las tumbas de ustedes, los haré salir de ellas, y los haré volver, pueblo mío, a la tierra de Israel. Y cuando abra sus tumbas y los haga salir de ellas, ustedes, mi pueblo, sabrán que Yo soy el Señor.

Yo pondré mi espíritu en ustedes, y vivirán; los estableceré de nuevo en su propio suelo, y así sabrán que Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

SALMO RESPONSORIAL  129, 1-5. 6c-8

R/En el Señor se encuentra la misericordia.

Desde lo más profundo te invoco, Señor. ¡Señor, oye mi voz! Estén tus oídos atentos al clamor de mi plegaria. 

Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir? Pero en ti se encuentra el perdón, para que seas temido. 

Mi alma espera en el Señor, y yo confío en su palabra. Como el centinela espera la aurora, espere Israel al Señor. 

Porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia: Él redimirá a Israel de todos sus pecados. 

SEGUNDA LECTURA

El Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús habita en ustedes.

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma   8, 8-11

Hermanos:

Los que viven de acuerdo con la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu, dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes.

El que no tiene el Espíritu de Cristo no puede ser de Cristo. Pero si Cristo vive en ustedes, aunque el cuerpo esté sometido a la muerte a causa del pecado, el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en ustedes.

EVANGELIO

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO  Jn. 11, 25a. 26

Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí no morirá jamás, dice el Señor.

EVANGELIO

Yo soy la resurrección y la vida.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan   11, 1-45

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: Señor, el que tú amas, está enfermo.

Al oír esto, Jesús dijo: Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: Volvamos a Judea.

Los discípulos le dijeron: Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?

Jesús les respondió:

¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él.

Después agregó: Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo.

Sus discípulos le dijeron: Señor, si duerme, se sanará. Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte.

Entonces les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo.

Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: Vayamos también nosotros a morir con él.

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días.

Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas.

Jesús le dijo: Tu hermano resucitará.

Marta le respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día.

Jesús le dijo:

Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?

Ella le respondió: Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo.

Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: El Maestro está aquí y te llama. Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: ¿Dónde lo pusieron?

Le respondieron: Ven, Señor, y lo verás.

Y Jesús lloró.

Los judíos dijeron: ¡Cómo lo amaba!

Pero algunos decían: Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?

Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: Quiten la piedra.

Marta, la hermana del difunto, le respondió: Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto.

Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo:

Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado.

Después de decir esto, gritó con voz fuerte: ¡Lázaro, ven afuera!. El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.

Jesús les dijo: Desátenlo para que pueda caminar.

Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.

Oración Universal

Oremos, amados hermanos, y pidamos la misericordia del Señor para que, compadecido de su pueblo penitente, escuche nuestras plegarias:

Para que el Redentor del mundo, que se entregó a la muerte para vivificar a su pueblo, libere a la Iglesia de todo mal, roguemos al Señor.

Para que el Redentor del mundo, que oró en la cruz por quienes lo crucificaban, interceda ante del Padre por los pecadores, roguemos al Señor.

Para que el Redentor del mundo, que experimentó en la cruz el sufrimiento y la angustia, se compadezca de los que sufren, les dé fortaleza y paciencia y ponga fin a sus dolores, roguemos al Señor.

Para que el Redentor del mundo, a nosotros sus siervos, que en estos días nos disponemos a recordar con veneración su cruz, nos reconforte con la fuerza de su resurrección, roguemos al Señor.

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