Febrero 25, 2024

Parroquia Nuestra Señora de la Buena Esperanza

Santuario San Sebastian de Panimavida

Eucaristía del Lunes 20 de Noviembre de 2023

Lunes de la trigésima tercera semana del tiempo ordinario
Del Espíritu Santo 
Propuesta celebrativa
Color: verde

Antífona de entrada             Rom 5, 5; Cf. 8, 11 

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. 

ORACIÓN COLECTA 

Señor Dios, que has instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo,  concédenos que, animados por el mismo Espíritu, podamos discernir lo que es recto y gozar siempre de su consuelo.  Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,  que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. 

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

Una gran ira se descargó sobre Israel.

Lectura del primer libro de los Macabeos 1, 10-15. 41-43. 54-57. 62-64

En aquellos días:

Surgió un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, que había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete del Imperio griego. Fue entonces cuando apareció en Israel un grupo de renegados que sedujeron a muchos, diciendo: “Hagamos una alianza con las naciones vecinas, porque desde que nos separamos de ellas, nos han sobrevenido muchos males”.

Esta propuesta fue bien recibida, y algunos del pueblo fueron en seguida a ver al rey y éste les dio autorización para seguir las costumbres de los paganos. Ellos construyeron un gimnasio en Jerusalén al estilo de los paganos, disimularon la marca de la circuncisión y, renegando de la santa alianza, se unieron a los paganos se entregaron a toda clase de maldades. 

El rey promulgó un decreto en todo su reino, ordenando que todos formaran un solo pueblo y renunciaran a sus propias costumbres. Todas las naciones se sometieron a la orden del rey y muchos israelitas aceptaron el culto oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado.

El día quince del mes de Quisleu, en el año ciento cuarenta y cinco, el rey hizo erigir sobre el altar de los holocaustos la Abominación de la desolación. También construyeron altares en todas las ciudades de Judá. En las puertas de las casas y en las plazas se quemaba incienso. Se destruían y arrojaban al fuego los libros de la ley que se encontraban, y al que se descubría con un libro de la Alianza en su poder, o al que observaba los preceptos de la Ley, se lo condenaba a muerte en virtud del decreto real.

Sin embargo, muchos israelitas se mantuvieron firmes y tuvieron el valor de no comer alimentos impuros; prefirieron la muerte antes que mancharse con esos alimentos y quebrantar la santa alianza, y por eso murieron. Y una gran ira se descargó sobre Israel.

SALMO RESPONSORIAL 118, 53. 61. 134. 150. 155. 158

R/. ¡Dame vida, Señor, y guardaré tus mandamientos!

Me lleno de indignación ante los pecadores, ante los que abandonan tu ley. Los lazos de los malvados me rodean, pero yo no me olvido de tu ley. 

Líbrame de la opresión de los hombres, y cumpliré tus mandamientos. Se acercan a mí los que me persiguen con perfidia, los que están alejados de tu ley. 

La salvación está lejos de los impíos, porque no buscan tus preceptos. Veo a los pecadores y siento indignación, porque no cumplen tu palabra.

EVANGELIO

ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Jn 8, 12

Aleluya.

“Yo soy la luz del mundo. El que me sigue tendrá la luz de la Vida”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO 

¿Qué quieres que haga por ti? Señor, que yo vea otra vez.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 18, 35-43

Cuando Jesús se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.  Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret. El ciego se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!” Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”

Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran. Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”

“Señor, que yo vea otra vez”.

Y Jesús le dijo: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”. En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios. Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios.

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